jueves, 30 de diciembre de 2010

Una historia.

Estaba harta, demasiado. Se le notaba en su cara, pero aún así quería aguantar; le quería tanto que no podía acabar de una forma tan fácil. O al menos, esto pensaba hasta esa noche.
-          Creo que esto no va a funcionar. Eres demasiado joven, tienes derecho a ser libre. Cuando estoy contigo me veo tu padre, y cuando te beso.. Sólo te veo una niña. Es eso, sólo una niña. No es por ti, es por mí. Tengo veintiocho años y tú solo quince…
-          ¿ Y qué problema tienes? Ts… ¿ Sabes la única diferencia entre una mujer y una niña?
Él se quedó callado, “que la mujer será más madura y probablemente me haga perder el tiempo con paranoias de mujeres”, pensó, pero decidió omitir esos pensamientos.
-          Ambas quieres ser lo que la otra es- silencio-.¿ Y sabes la diferencia entre tú y yo? Yo confío en mí, pero tú no.  Yo muestro posibilidades, tú no. Yo confío en nosotros , tú no. Sobre todo… Yo te demuestro que te quiero , y tú , no. ¿ Y sabes? Me he cansado. Sí, m he cansado de diferencias. Me he cansado de llorar cuando tocaba reír, me he cansado de llorar cuando debía amar, me he cansado de materializar sonrisas tan sólo para que no te sintieses mal… Me he cansado de ti. Y no precisamente por nada, sino, porque, tú , antes, te cansaste de amar. Me he cansado de llevar el mando… Sinceramente, esto me gustaba, y pensaba que a ti también. Pensé que te gustaba la espontaneidad, hacer las cosas sin pensar, vivir a lo loco, sin reflexionar en consecuencias, aprovechando cada minuto que tenemos en cosas que realmente merecían la pena… Pero me equivoqué. Por lo visto a ti no te gustaba, y eso hizo que todo empeorara.  Y sí, mira lo que has conseguido – se señaló la mejilla, por la que circulaba una tímida lágrima- .¿Pero sabes? La última diferencia que hay es que yo al menos pongo soluciones, tú no. Así que es mejor que lo dejemos.  Tal vez por un tiempo, tal vez para siempre. Supongo que es lo mejor. Al menos aprenderás a querer… O quizás no. Espero que te vaya bien.
Se levantó. Se inclinó, y lentamente le dio un dulce beso en los labios. “El último”, pensó, y se fue. Sí, como siempre había hecho, ella siempre decía la última palabra. Y siguió caminando. A medio camino, se giró, y viéndolo aún sentado en el banco, le gritó:
-          ¡ Ojalá madures pronto! A mí me queda más tiempo que a ti, y aún así, yo lo llevo mejor que tú.
Y así, dejando claro quién mandaba, salió corriendo. Le dejó sin palabras, atónito… Ella. Era ella. La quería tanto..
-          Dios, ahora me he dado cuenta de lo que he perdido. No volveré a sentirme partícipe de una felicidad tan clara, no volveré a sonreír en momentos tan crudos.. No, nadie sabrá aprovechar la vida como lo hacía ella- y pensando esto, metió la cabeza entre sus manos, y comenzó a llorar. Sí, ella también le enseñó que sólo lloraban los fuertes, que sólo ellos sabían demostrar lo que sentían sin miedo… Pero ahora todo le parecía tan ilógico… Lloraba porque era débil , porque no sabía qué hacer, porque no encontraba la tecla de rebobinar en aquel momento.. – Dios, lo que he hecho… - que ilógica le parecía hora la vida, le había quitado todo el sentido que ella le había dado.
Por otro lado, ella. Nadie sabía adónde iba, solo ella. Sí, su sitio. El suyo, sólo suyo. Un descampado solitario, bonito de día, admirable de noche. Y no le daba miedo, no. A pesar de que fuesen las once de la noche, y eso estuviese desierto, no le incomodaba.
Y, asegurándose de que por fin estaba sola, también ella, empezó a llorar.
Y es que probablemente esas lágrimas no reflejasen un dolor superficial , sino el dolor más profundo. El dolor de amar, el de perder, y el de saber que nada se puede recuperar.

angelus!

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